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Historia del vino en México: cinco siglos de viñas, misiones y bodegas que todavía se visitan
Cortés ordenó plantar vides en 1524. De Parras y las misiones al Valle de Guadalupe, la historia del vino en México y las bodegas donde todavía se ve.

El 20 de marzo de 1524, a menos de tres años de la caída de Tenochtitlan, Hernán Cortés firmó en México unas ordenanzas de buen gobierno con un encargo de viticultor: cada vecino con indios de encomienda debía plantar cada año mil sarmientos por cada cien indios a su cargo, hasta llegar a cinco mil cepas por cada cien. Así empieza, con tinta y bajo pena, la historia del vino en México, un oficio de cinco siglos que arrancó antes que en casi cualquier otro país del continente.
Lo que siguió cabe en un mapa. Una hacienda en un oasis de Coahuila que nació de una merced real de 1597. Misioneros que llevaron la vid de misión en misión por una península de piedra y sol. Familias rusas que llegaron al Valle de Guadalupe a sembrar trigo. Y una industria que vivió del brandy, estuvo a punto de desaparecer en los años ochenta y volvió de la mano de una generación que apostó por la calidad.
Aquí va esa historia contada por sus lugares, con lo que dicen los documentos y con sus dudas: varias fechas que circulan, incluso en trabajos académicos, no resisten la revisión, y donde hay leyenda lo decimos. Al final, seis bodegas con ficha en este sitio donde esa historia todavía se puede visitar.
¿Desde cuándo se hace vino en México?
Desde los primeros años de la Colonia, y por una razón práctica: sin vino no había misa. Traerlo de España era caro, el viaje tardaba meses y parte del cargamento llegaba avinagrado. En la Nueva España, las ordenanzas de Cortés pusieron la vid en la misma lista que el trigo, la cebada y los frutales de España: el pan y el vino del altar llegaron juntos.
La letra de esas ordenanzas guarda un detalle que pocas veces se cuenta. Cortés permitía plantar los sarmientos «aunque sean de la planta de su tierra», es decir, de las vides silvestres que ya crecían en el país, escogiendo las mejores, y pedía injertarlas con variedades españolas en cuanto hubiera planta suficiente. El primer plan para el viñedo novohispano combinaba, así, raíz americana y uva española.
La uva que acabó por imponerse es la que hoy llamamos Misión, el Listán Prieto español, que en Chile se llama País y en Argentina, Criolla Chica. Aguantaba sequía, calor y suelos pobres, y durante siglos dio para todo: vino de misa, vino de mesa y aguardiente. Su viaje completo está en la historia de la uva Misión, y todavía hay cepas vivas que lo cuentan: en San Antonio de las Minas, La Casa Vieja cuida Misión de más de un siglo, plantada a pie franco, sin injertar.
En el centro del virreinato la vid no prosperó como se esperaba; el trabajo académico que citamos en la historia de la prohibición habla de un fracaso temprano. El vino se fue al norte, a los valles secos con agua de manantial. El más célebre de esos oasis es Parras.
Consejo
En una carta de vinos o en una contraetiqueta, la uva Misión puede aparecer también como Listán Prieto, su nombre en España. Si buscas una etiqueta con la uva de los misioneros, pregunta por los dos nombres.
¿Cuál es la bodega más antigua de América?
La respuesta tiene fecha y tiene papel. El valle de Parras debe su nombre a las vides silvestres que encontraron los primeros colonos junto a sus manantiales, y ahí, el 19 de agosto de 1597, el gobernador de la Nueva Vizcaya concedió a Lorenzo García, con autorización de Felipe II, tierras y permiso para plantar vid y elaborar vino y aguardiente. Al año siguiente se fundó la misión de Santa María de las Parras, origen del pueblo.
Sobre esa merced se levantó la Hacienda de San Lorenzo, que lleva el nombre de su fundador. Tuvo trece dueños hasta 1893, cuando Evaristo Madero viajó a Europa para comprar la sociedad San Lorenzo–Mexique y, con ella, la propiedad. Hoy es Casa Madero, que por ese documento se presenta como la bodega más antigua de América, y así la reconoce la mayoría de las fuentes. En sus zonas más antiguas se conservan prensas de 1808.
En Parras circula otra fecha: 1593. Guías turísticas y páginas de vino atribuyen a Francisco de Urdiñola, conquistador de la Nueva Vizcaya, una bodega fundada ese año a la que llaman «Marqués de Aguayo». El nombre delata el anacronismo: Carlos II creó el marquesado de San Miguel de Aguayo en 1682 para Agustín de Echeverz, casado con una bisnieta de Urdiñola. Que Urdiñola tuvo agua, tierras y viñas en la región lo cuentan varias historias de Parras; para la bodega de 1593 no encontramos un documento comparable a la merced de 1597, y casi todas las fuentes le dan el título a San Lorenzo.
Cómo recorrer hoy el valle, con sus otras casas, está en nuestra guía de las vinícolas de Parras, y el resto del estado, en las fichas de las vinícolas de Coahuila.
¿Es cierto que España prohibió el vino en la Nueva España?
Es la historia más repetida del vino mexicano, y la más matizada. La versión tradicional dice que en 1595 Felipe II, presionado por los productores de la península, prohibió plantar viñas nuevas en las Indias y ordenó arrancar las que había, salvo las que servían a la Iglesia. La orden existió: quedó compilada en la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, que Carlos II aprobó en 1680.
Lo que se discute es a quién iba dirigida y cuánto se aplicó aquí. Un trabajo académico disponible en el archivo abierto HAL sostiene que las instrucciones de 1595 apuntaban al Perú, cuya producción sí competía con la española; su destinatario, Luis de Velasco, acababa de ser nombrado virrey del Perú. Y hay un dato que cualquiera puede cotejar: dos años después del edicto, la Corona autorizaba por escrito el viñedo de Parras. Leer el edicto como una orden cumplida de destruir todas las viñas de la Nueva España simplifica demasiado lo que dicen los papeles. Las dos capas del asunto están en nuestra historia de la prohibición del vino en la Nueva España.
¿Quién llevó la vid a Baja California?
Los jesuitas, un siglo después de Parras. En 1697 fundaron Loreto, su primera misión en la península, y en 1701 llegó Juan de Ugarte, que al año siguiente rehízo la misión de San Francisco Javier, en la sierra. Ahí levantó presas y canales, sembró cereales y frutales y plantó vides; a él se le atribuyen los primeros vinos de la península.
En 1767, Carlos III expulsó a la Compañía de Jesús de sus dominios, y en febrero de 1768 los dieciséis jesuitas de la península se reunieron en Loreto para embarcarse al destierro. Sus viñas se quedaron. Ese mismo año llegaron los franciscanos, encabezados por un fraile mallorquín, Junípero Serra, que en 1769 siguió hacia el norte para fundar las misiones de la Alta California.
Con Serra nació otro mito. No trajo de Europa la uva Misión, como afirman algunas historias: la cepa llevaba más de dos siglos en la Nueva España cuando él llegó. Tampoco hay papeles que respalden la imagen del fraile plantando la primera vid de California en San Diego en 1769: las cartas y los registros de las misiones anteriores a 1778 no mencionan viñedos. Según otras cartas, los primeros sarmientos llegaron en barco desde Baja California en 1778, y el primer viñedo registrado de la Alta California se plantó en San Juan Capistrano a partir de 1779, con seis campesinos venidos de la península. El vino de California empezó con sarmientos de lo que hoy es México.
En 1773, los franciscanos cedieron las misiones peninsulares a los dominicos, y el 19 de agosto de ese año Francisco Palóu, sucesor de Serra, levantó una cruz que marcaba el límite entre las misiones de unos y otros, una raya que, según se cuenta, está en el origen de la frontera entre las dos Californias. Del lado dominico, al sur de lo que hoy es Ensenada, fray José Loriente fundó el 24 de abril de 1791 la misión de Santo Tomás de Aquino. Tenía agua y tierra de cultivo, y hacia finales de esa década ya daba uva para vino.
La misión se secularizó en el siglo XIX y acabó abandonada. En 1888, poco después de la fundación de Ensenada, dos socios, uno de ellos el español Miguel Ormart, compraron tierras en ese valle para plantar viña y hacer vino. Así nació Bodegas de Santo Tomás, la casa que enlaza el valle de los dominicos con el vino de la región de Baja California que hoy llena las rutas.
¿Qué pasó con el vino mexicano en el siglo XIX?
El siglo empezó con un cura que plantaba vides. En octubre de 1803, Miguel Hidalgo llegó como párroco a la congregación de Dolores, en Guanajuato, y ahí, según sus biografías, enseñó a sus feligreses a cultivar la viña, plantó moreras para criar gusano de seda, fomentó la apicultura y abrió talleres de loza, ladrillo y curtiduría. Eso está documentado. La parte más contada, que las autoridades virreinales mandaron arrancar sus viñas, se repite en muchas historias del vino mexicano, pero no encontramos el documento que la respalde; aquí va como tradición. Hoy hay viñedos alrededor de Dolores Hidalgo, como cuenta nuestra ruta del vino de Guanajuato.
Con la Independencia y la secularización, las misiones perdieron su sostén y muchos de sus viñedos quedaron abandonados. El vino del norte pasó a manos de hacendados e inmigrantes, y en Coahuila buena parte de esa historia pasó por el alambique. Hacia 1860, el italiano Michele Francesco Ferrigno se asentó en Cuatro Ciénegas, castellanizó su nombre como Miguel Ferriño y empezó a destilar aguardiente de uva y brandy bajo el nombre de La Fronteriza; la casa sigue abierta como Bodegas Ferriño, en manos de sus descendientes. En 1865, el ingeniero inglés Fernando Chapman compró tierras al poniente de Parras, plantó viña y levantó la bodega de la Antigua Hacienda de Perote, que todavía muele su uva en julio y agosto y la vende como vino y aguardiente.
Esa vocación por el destilado tiene su propia historia, de la merced de 1597, que ya autorizaba el aguardiente, al brandy industrial del siglo XX, y está en la historia del brandy mexicano.
¿Qué dejaron los rusos en el Valle de Guadalupe?
Entre 1905 y 1907, unas cuarenta familias molokanas, cerca de trescientas personas según un estudio de la Universidad Autónoma de Baja California, se instalaron en el Valle de Guadalupe. Eran cristianos disidentes que dejaban Rusia por la persecución del gobierno zarista, y se asentaron en lo que hoy es el ejido Francisco Zarco, la colonia rusa. Venían a sembrar trigo y cebada.
La vid llegó más tarde. Con las sequías y el desgaste de la tierra, algunos colonos probaron con la viña; las crónicas locales fechan en 1917 el primer viñedo ruso del valle, plantado por Jorge Afonin, y lo que se elaboraba era sobre todo para el consumo de la zona. Lo que dejaron fue un valle poblado y cultivado, la base sobre la que el siglo XX levantaría la principal región vinícola del país.
Su memoria sigue a la vista. El Museo Comunitario Ruso ocupa una casa construida en 1905 y abrió como museo en 1991, y en el Rancho Toros Pintos, Vinos Bibayoff, de una familia que desciende de aquellos colonos, guarda en un pequeño museo ropa y utensilios de las familias que llegaron. Cómo recorrer Francisco Zarco y el resto del valle está en nuestra guía del Valle de Guadalupe por zonas.
¿Por qué el vino mexicano casi desaparece y cómo volvió?
El siglo XX empezó con inmigrantes y casas grandes. En 1928, Angelo Cetto, un agricultor del Trentino, se asentó en Baja California y empezó a plantar vid con lo que había aprendido en el norte de Italia; de ahí salió L.A. Cetto. La casa jerezana Domecq llegó a México en 1947 con el brandy por delante; en 1963 empezó a embotellar vino de mesa, y en 1972 levantó en el Valle de Guadalupe la bodega de Casa Pedro Domecq, que se presenta como la primera de gran escala de la zona.
Fue el siglo del brandy. Casa Madero cuenta que el auge de su consumo la consolidó en el gusto del país, y en Aguascalientes, mientras duró la Feria de la Vendimia, de 1954 a 1982, la mayor parte de la uva terminaba en las destiladoras, según la revista Líder Empresarial. Luego llegaron dos golpes casi seguidos. La misma revista recuerda un reglamento de 1982 que permitió a los productores de brandy añadir azúcar de caña, más barata que la uva. Y en 1986 México entró al GATT, el acuerdo general de aranceles y comercio con el que abrió sus fronteras a la importación: con la apertura, escribió la revista Gatopardo, los vinos importados inundaron el país y la industria del vino mexicano prácticamente desapareció.
Las crónicas sobre esa crisis cuentan lo que pasó en el campo: las bodegas dejaron de comprar uva, el precio se desplomó y muchos productores abandonaron sus parcelas o arrancaron sus viñas para sembrar otra cosa. La misma crisis, como resume Wine Enthusiast, cerró muchas bodegas e hizo nacer otras con la calidad como meta.
Ese giro tiene nombres. En 1986, el mismo año del GATT, L.A. Cetto lanzó su Reserva Privada Nebbiolo, que la casa presenta como el primer Nebbiolo con crianza embotellado en México. En 1987, cinco amigos fundaron Monte Xanic en Francisco Zarco, con Hans Backhoff, doctor de formación, al frente de la enología; su primera cosecha, en 1989, fueron unas 6,200 cajas de Chenin Colombard y Cabernet Sauvignon. En 1988, Santo Tomás llamó como enólogo a Hugo D'Acosta, formado en Montpellier y Turín, que se quedó doce años. En 1997 hizo en Casa de Piedra, en San Antonio de las Minas, la primera cosecha de El Vino de Piedra, un tinto de Tempranillo y Cabernet Sauvignon, y después abrió en El Porvenir un taller de elaboración por el que, según La Jornada, pasó buena parte de quienes hoy tienen bodega en el valle.
¿Cuántos estados producen vino en México hoy?
Diecisiete, según las cifras del Consejo Mexicano Vitivinícola que recogió la prensa en septiembre de 2026, a unos días del Día del Vino Mexicano: más de 550 proyectos vitivinícolas repartidos en 17 estados productores. Baja California sigue al frente de la producción, y Coahuila, Querétaro, Guanajuato, Aguascalientes, Zacatecas y Chihuahua tienen rutas propias; hay viñedos de Sonora a Puebla. Cada ruta, con sus uvas y su temporada, está en las rutas del vino de México, estado por estado.
La historia también se volvió viaje: las bodegas reciben con recorridos, catas y mesa, y algunos pueblos viven su temporada alta en la cosecha. Para sus vendimias de 2026, Parras esperaba más de 30 mil visitantes, según El Siglo de Torreón.
Y el vino mexicano ganó sitio en los concursos. Según el mismo Consejo, en 2025 sus vinos sumaron más de mil medallas internacionales, una cuarta parte más que el año anterior. En 2026, la Guía Peñín dio 94 puntos a tres vinos del país, entre ellos el Gran Ricardo 2023 de Monte Xanic, y el Concurso Mundial de Bruselas eligió como mejor vino mexicano un tinto de las afueras de Dolores Hidalgo, el pueblo del cura de las viñas. El recuento completo está en los premios del vino mexicano de 2026.
¿Qué bodegas históricas de México se pueden visitar?
Seis casas con ficha en este sitio donde la historia se ve de cerca. En todas, la visita se confirma con la bodega: el sitio no reserva.
- Casa Madero, en Parras de la Fuente. La hacienda de la merced de 1597: el recorrido entra a las zonas más antiguas de la bodega, con prensas de 1808 y barricas de más de medio siglo, y la casa ofrece también una cata de tres etiquetas. La tienda abre todos los días.
- Antigua Hacienda de Perote, al poniente de Parras. En el casco viejo de la bodega que Fernando Chapman levantó en 1865 se conservan barricas y herramientas antiguas de molienda. Hoy es también hotel, y en recepción informan de los recorridos.
- Bodegas de Santo Tomás, en Ensenada. Más de 135 años de vino en el valle de la misión dominica. Tiene tres cavas con recorrido guiado y cata; la de la avenida Miramar, en el centro del puerto, se visita sin salir de la ciudad.
- La Casa Vieja, en San Antonio de las Minas. Un adobe del siglo XIX rodeado de cepas de Misión y Palomino de más de un siglo, que Humberto Toscano vinifica sin sulfitos añadidos. Tiene sala de degustación; conviene confirmar el horario antes de ir.
- Vinos Bibayoff, en el Valle de Guadalupe. La memoria molokana contada por una de sus familias: un pequeño museo con ropa y utensilios de los colonos, cata en la cava y, con cita y en grupos de cinco o más, el recorrido por el viñedo y la bodega.
- Casa Pedro Domecq, en el Valle de Guadalupe. En 2018 abrió un museo que cuenta la historia del vino mexicano desde la llegada de los misioneros, con piezas de la España del siglo XVI, junto a una cava subterránea de unas 22,500 botellas.
Consejo
Casa Pedro Domecq reserva todas sus visitas y cierra los martes, y el recorrido completo de Bibayoff pide cita y un grupo mínimo de cinco personas. Fija primero esas dos fechas y acomoda alrededor las casas de sala abierta.
El primer paso cabe en un mensaje: desde la ficha de Casa Madero o la de Santo Tomás, pide su contacto y pregunta qué días hay recorrido por la bodega. Una está en el desierto de Coahuila y la otra frente al Pacífico; con esa fecha confirmada, el resto de la ruta se arma con las fichas de esta historia.



