Arco de piedra rematado por una cruz a la entrada de una vinícola, entre árboles.

Cuando España prohibió el vino en la Nueva España: la historia y sus dudas

Todo el que trabaja con vino mexicano tarde o temprano escucha la historia: en 1595, Felipe II prohibió el vino en la Nueva España. El decreto habría ordenado no plantar nuevos viñedos y arrancar los existentes, salvo los de la Iglesia, para proteger a los productores de la península. La prohibición del vino en la Nueva España es el gran relato fundacional del vino nacional, pero la investigación reciente ha puesto en duda partes importantes de él.

Lo que sigue cuenta las dos capas: el relato tradicional, con su edicto, sus razones económicas y sus consecuencias; y el debate académico sobre qué prohibió exactamente Felipe II y a quién. Al final, la pregunta que importa al bebedor de hoy: ¿cuánto de esa prohibición explica que el vino mexicano sea como es?

¿Qué prohibió exactamente el edicto de 1595?

El relato tradicional, que reproduce incluso la versión oficial mexicana —la Secretaría de Agricultura lo resume así en su portal—, dice que en 1595 el rey Felipe II prohibió la siembra de nuevos viñedos y la producción de vino, además de ordenar la destrucción de los existentes en la Nueva España. La norma quedó registrada como Ley XVIII del título XVII de la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, con excepción para los viñedos al servicio de la Iglesia, que necesitaba vino para la misa.

Conviene entender qué es esa Recopilación: un código que Carlos II aprobó en 1680 y que reunió miles de leyes dictadas para las Indias durante el siglo anterior. Por eso una orden de 1595 aparece compilada casi cien años después, junto con sus renovaciones, y leída sin ese contexto puede parecer una sola prohibición general.

Que el texto se compiló no se discute. Lo que discute la historiografía es a quién iba dirigido y cuánto se aplicó en la Nueva España; de eso trata el debate que se cuenta más abajo.

El contexto hace la medida comprensible como política colonial: para finales del siglo XVI, los viñedos novohispanos llevaban décadas produciendo, la uva Misión se había adaptado al territorio y el vino local empezaba a competir con el importado. Cada botella hecha en América era una botella española que no se vendía —y un arancel que la Corona no cobraba—.

Antes del edicto hubo además regulaciones de otro tipo: desde 1529 las autoridades recibían advertencias sobre las bebidas fermentadas que elaboraban las poblaciones indígenas, y en 1545 se confirmaron prohibiciones sobre ciertos vinos «de tierra» y su venta, con argumentos de orden público y religiosos (Divergencias, 2024). La prohibición de 1595 fue, en esa lectura, el golpe mayor de una política de control que venía de atrás.

¿Por qué España quiso prohibir el vino americano?

La respuesta corta: mercantilismo. El sistema colonial funcionaba como un circuito cerrado —las colonias producían materias primas y España les vendía productos terminados—, y el vino era una de las mercancías de ese circuito. Según la columna de El Financiero (2023), los comerciantes que controlaban desde Sevilla el comercio con las Indias presionaron para cerrar la competencia colonial.

Hay que entender la lógica sin romanticismo: prohibir la producción local para proteger la exportación metropolitana era política estándar de la época, no una crueldad especial contra el vino. Lo mismo se intentó con otras manufacturas coloniales. Lo peculiar del caso vitícola es cuánto de la geografía actual del vino mexicano se le atribuye.

También había un ingrediente fiscal directo: la Corona cobraba derechos sobre el vino que cruzaba el Atlántico, y ese ingreso dependía de que las colonias no se abastecieran solas. Proteger a los vinicultores de la península y proteger la caja real eran, en la práctica, la misma política con dos nombres.

¿Qué dice el debate historiográfico?

Un trabajo académico sobre la historia de la vitivinicultura americana, disponible en el archivo abierto HAL, sostiene que las pruebas de una política prohibitiva sistemática de la Corona son escasas, y que el edicto de 1595 —las instrucciones de Felipe II a Luis de Velasco— se refería a los vecinos y habitantes del Perú. El dato encaja con el calendario: Velasco, que había sido virrey de la Nueva España, fue nombrado virrey del Perú en junio de 1595. El problema real, según ese trabajo, era la producción vitícola peruana, que competía con las exportaciones españolas; las renovaciones de 1610 y 1631, y su registro en la Recopilación, habrían apuntado igualmente al Perú.

En esa lectura, las instrucciones dirigidas a los virreyes de la Nueva España no mencionan la vid, y la producción novohispana era poca cosa a ojos de la metrópoli. El mismo trabajo sostiene que la prohibición llegó después del fracaso temprano de la viticultura en el centro de México y que no impidió que la viña se desarrollara en el norte del virreinato durante los siglos XVII y XVIII.

¿Cómo conviven las dos versiones? El edicto existió y se compiló como ley de Indias; lo que se debate es su alcance y su aplicación efectiva en la Nueva España. La propia columna de El Financiero advierte que la historia del vino está llena de documentos que se contraponen. Por eso esta nota cuenta las dos capas.

¿Cómo sobrevivió el vino mexicano a la prohibición?

Por tres grietas que el edicto no pudo o no quiso cerrar. La primera fue religiosa: la Iglesia necesitaba vino para la eucaristía, así que los viñedos al servicio del culto quedaron exceptuados. En las misiones de Baja California, la vid acompañó al sistema misional que se construyó desde finales del siglo XVII, según los estudios del INAH citados en la historia de la uva Misión.

La lógica de la excepción era difícil de refutar desde Madrid: sin vino no había misa, y sin misa no había evangelización, que era la justificación de la presencia colonial en el territorio.

La segunda grieta fue geográfica: la Nueva España era inmensa y la burocracia virreinal, limitada. En el norte remoto el control era más laxo, porque la Corona tenía allí un problema mayor que el vino: mantener pobladas las fronteras. Ahí están hoy la región de Baja California y la región de Coahuila, dos de las zonas con más historia vitícola del país.

La tercera grieta fue Parras. El valle debe su nombre a las vides silvestres que encontraron los colonos; en 1598 se fundó ahí la Misión de Santa María de las Parras, y un año antes, el 19 de agosto de 1597, el gobernador de la Nueva Vizcaya había concedido a Lorenzo García, con autorización de Felipe II, tierras y permiso para plantar vid y elaborar vino y aguardiente. Sobre esa merced nació la Hacienda de San Lorenzo, hoy Casa Madero, que por ese documento se presenta como la bodega más antigua del continente. Dos años después del edicto, el rey autorizaba por escrito un viñedo en Coahuila. La nota sobre las vinícolas de Parras de la Fuente cuenta cómo visitar esa cuna.

¿Cómo cabe esa merced con el edicto? La ley era general, pero la Corona seguía otorgando permisos particulares a quien los pedía y justificaba. Y si el edicto apuntaba al Perú, como sostiene el debate, la merced deja de ser una contradicción. En cualquier caso, la prohibición nunca fue un muro parejo, y por esas excepciones pasó buena parte de la historia del vino mexicano.

La hacienda cambió muchas veces de manos: tuvo trece dueños antes de 1893, cuando Evaristo Madero viajó a Europa para comprar la sociedad San Lorenzo–Mexique y, con ella, la propiedad que hoy lleva el nombre de su familia.

¿Qué consecuencias tuvo para el vino de hoy?

El relato tradicional le atribuye tres herencias que todavía se mencionan al hablar del vino mexicano:

  • Un retraso. Mientras Chile y Argentina profesionalizaron su viticultura en el siglo XIX, México llegó tarde a la modernización; la profesionalización de la industria nacional es, en lo esencial, un fenómeno del siglo XX (Vinos y Licores, 2025).
  • Un mapa del norte. La viticultura se concentró donde el control colonial era débil: Baja California y Coahuila, y después el Bajío.
  • Una tradición de pequeña escala. Siglos de producción casera o religiosa dejaron una relación con el vino de poca industria. Hay quien ve en las bodegas de vino natural que hoy trabajan parcelas viejas y mínima intervención una continuación de ese oficio.

¿Dónde se puede pisar esa historia?

La ruta de la prohibición se puede caminar. En Parras de la Fuente, Casa Madero recibe visitas en la Hacienda de San Lorenzo, donde el recorrido entra a las zonas más antiguas de la bodega, con prensas de 1808; las fichas de la región de Coahuila listan las demás bodegas del valle. En Baja California, el Museo de la Vid y el Vino, en el Valle de Guadalupe, tiene una sala de historia que va de los misioneros a la vitivinicultura actual.

Si la visita coincide con el calendario, la cartelera de eventos del vino de este sitio reúne las fiestas de la cosecha. Y cada 7 de octubre, el Día del Vino Mexicano da otro pretexto para brindar con una botella de las regiones de esta historia.

Otra parada, en la Ciudad de México: La Contra, vinoteca especializada en vino mexicano en la Roma Norte y Coyoacán, hace catas regulares en tienda. Pedir una botella de Parras o de Baja California y preguntar por la historia de la casa es una buena manera de seguir esta historia.

La prohibición del vino en la Nueva España son dos historias a la vez: la del edicto que se compiló como ley y la del debate sobre a quién iba dirigido y qué tan lejos llegó. Para seguir el hilo, la historia de la uva Misión es el capítulo anterior, y la guía de rutas del vino de México, el mapa de lo que vino después.

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